La adolescencia es una etapa de construcción personal intensa, donde el joven busca entender quién es, qué quiere y cómo encaja en el mundo. Hoy, este proceso es más complejo que nunca, ya que ocurre en un entorno cambiante, digitalizado y lleno de presiones sociales.
Tradicionalmente, se hablaba de una “crisis de identidad” como algo puntual. Pero en la actualidad, construir una identidad se ha vuelto un trabajo constante. En una sociedad fluida y sin certezas estables, como señala Bauman, los adolescentes tienen que adaptarse todo el tiempo, redefiniéndose frente a nuevos desafíos, modas y expectativas.
Además, las redes sociales han transformado el modo en que los jóvenes se ven a sí mismos y a los demás. Allí, la identidad se vuelve editable, pública y muchas veces influenciada por la aprobación externa. Esto puede generar confusión entre lo que se es y lo que se muestra.
También influye el desarrollo cerebral. Durante esta etapa, el cerebro cambia de forma importante, afectando cómo se toman decisiones y cómo se interpreta lo social. Por eso, el entorno tiene un impacto profundo en la construcción del yo.
En cuanto al género, los adolescentes ya no se ajustan pasivamente a lo tradicional. Muchos exploran nuevas formas de expresarse, desafiando normas y buscando autenticidad en un contexto más abierto pero también más expuesto.
Frente a este escenario, la resiliencia se vuelve clave. Saber adaptarse, procesar lo vivido y mantenerse coherente con uno mismo ayuda a formar una identidad sólida, incluso en medio de la incertidumbre.
En resumen, la identidad adolescente hoy no es algo que se descubre, sino algo que se construye y se negocia todos los días. Acompañar ese proceso con empatía y comprensión es fundamental
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