La adolescencia es una etapa marcada por una transformación profunda en múltiples planos: físico, emocional, social y cognitivo. No se trata solo de cambios visibles como el crecimiento corporal o la maduración sexual, sino de cómo estos influyen en la percepción de uno mismo. El cuerpo cambia rápidamente, y con él, la forma en que el adolescente se ve y se siente. Esto puede generar inseguridad o, por el contrario, reforzar la autoestima, dependiendo del entorno y los mensajes sociales que reciba.
A nivel social, el grupo de pares gana protagonismo. Los adolescentes buscan pertenecer, validarse y construir una identidad propia, a veces distanciándose emocionalmente de la familia. Esta necesidad de aceptación muchas veces choca con una sociedad que les exige madurez, pero les niega autonomía.
En lo cognitivo, desarrollan una mayor capacidad para el pensamiento abstracto y crítico, lo que los lleva a cuestionar normas, explorar ideas y construir sus propias convicciones. Emocionalmente, viven con intensidad y están en proceso de aprender a regular lo que sienten.
La adolescencia, por tanto, es una etapa de cambio total. Acompañarla implica entender que lo físico, lo emocional y lo social no se desarrollan por separado, sino que se influyen mutuamente en la formación de un individuo en transición hacia la adultez.
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