jueves, 12 de junio de 2025

La orientación sexual en la adolescencia

La adolescencia es, sin duda, una etapa donde todo parece moverse, cambiar, reordenarse. El cuerpo cambia, las emociones se intensifican y, con todo eso, también aparece una pregunta que, aunque no siempre se dice en voz alta, está muy presente: ¿Qué me atrae?, ¿Quién me atrae?, ¿Quién soy en todo esto?

Hablar de orientación sexual en este contexto es hablar de una búsqueda. No es una etiqueta que alguien se pone de la noche a la mañana ni una decisión que se toma como si se eligiera un peinado. Es más bien, algo que se va revelando poco a poco, a veces de forma clara, otras veces con dudas, silencios o incluso con miedo.

Los estudios lo dicen, claro que si la orientación sexual no se elige, que si hay factores biológicos, psicológicos y sociales en juego, pero más allá de lo técnico, lo que realmente importa es que esta etapa es una especie de laboratorio emocional. Los adolescentes prueban, sienten, se confunden, se vuelven a encontrar. Y eso está bien. Esa confusión también es parte del proceso.

Hay algo que se olvida cuando se intenta encasillar a los adolescentes: que no todo es blanco o negro. Uno puede sentir algo por alguien, sin que eso defina toda su identidad. La atracción, el deseo, la identidad sexual… no siempre van de la mano. Una cosa es lo que se siente, otra lo que se hace, y otra lo que se dice que se es. Y en ese “desencaje” es donde se juega mucho el crecimiento adolescente.

Pero claro, no todo depende del adolescente. El entorno pesa. Y pesa mucho. No es lo mismo crecer en una familia que acompaña, que escucha, que no juzga, que hacerlo en un ambiente cerrado, hostil o lleno de prejuicios. El apoyo (o la falta de él) puede marcar profundamente la forma en que una persona vive su sexualidad. No es solo un tema de sentirse “diferente”, sino de si ese “diferente” se vive con miedo o con libertad.

Además, la cosa no termina ahí. Hay adolescentes que, por su cultura, su clase social, su contexto religioso o étnico, tienen todavía más barreras para vivir su orientación sexual de forma abierta. Son como capas que se suman unas sobre otras y que hacen que el proceso de conocerse a uno mismo sea aún más desafiante.

Y como si todo eso no fuera suficiente, hay algo más que conviene recordar: la orientación sexual no es una línea recta. Puede cambiar. Puede ser confusa. Puede no encajar en lo que la sociedad espera. Y está bien. Lo importante es que ese recorrido sea respetado, acompañado y no interrumpido por prejuicios o por la necesidad de “definirlo todo”.

En fin, hablar de orientación sexual en la adolescencia es hablar de procesos, de movimientos, de descubrimientos. Es hablar de jóvenes que están tanteando el terreno de quiénes son, muchas veces sin mapa y en medio del ruido. Lo que necesitan no es que alguien les diga qué sentir o cómo definirse, sino espacios seguros donde puedan hacerlo a su ritmo, sin miedo al juicio.



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